En 1977 me incorporé como parte del personal docente de la entonces Escuela Nacional de Estudios Profesionales de Iztacala. En esa fecha, en la escuela circulaban unos fascículos impresos en multilith en los que se explicaba la teoría de Jacob R. Kantor y se exponían los inicios de una formulación que extendía las proposiciones de ese gran teórico de la psicología, al que muchos tuvimos el honor de conocer en persona.
La elaboración del libro teoría de la Conducta. Un análisis de campo y paramétrico le llevó algunos años a sus autores y otros más, el trabajo mecanográfico. Salido a la luz en 1985, el texto se convirtió en una referencia obligada entre profesores y alumnos de la ENEPI, pero su lectura no era sencilla. Emilio Ribes y Francisco López Valadez en su prólogo advierten al lector de que esa obra no es didáctica pues "el discurso empleado presupone cierta familiaridad con los problemas y antecedentes históricos de la teoría moderna de la conducta. En este sentido, los argumentos que hay en el libro son concisos y éste - ¿por qué no adelantarlo? - puede parecer oscuro y denso; debe quedar claro que es un riesgo calculado" (p. 19).
Los autores no erraron. El libro es muy denso y por eso, desde principios de los 90, asumiendo que yo más o menos entendía su contenido, consideré la necesidad de escribir una obra que permitiera a más lectores poder penetrar en esa densidad conceptual que a veces ha provocado el rechazo y críticas siendo la mayor parte de ellas, desde mi punto de vista, injustificadas teóricamente. La dificultad de un texto, no necesariamente significa que esté equivocado.
Julio Agustín Varela Barraza
Tlajomulco de Zúñiga 26 de septiembre de 2007

